miércoles, 29 de octubre de 2008

Manos, manitas y manazas

Hasta hace un par de meses, para mamá yo era la niña más pequeña del mundo. Toda yo y todo lo mío era pequeño. Todo a mi alrededor acababa en «-ito» o «-ita»: me lavaba las manitas, me ponía los zapatitos y me sentaba en mi sillita. Aunque este verano ha estado dedicado al juego y la diversión, hemos utilizado el juego y la diversión para aprender cosas nuevas, porque el saber no ocupa lugar, como diría aquel. Mamá, utilizando la simple comparación entre ella y yo, me enseñó la diferencia entre GRANDE y PEQUEÑO. Dibujamos las siluetas de su mano y de la mía en un papel y repetimos hasta la saciedad «grande», «pequeña», «ane», «quequeña». Pues bien, una vez asimilado el concepto, todo era cuestión de práctica, es decir, fijar conceptos por repetición. Siempre había elementos entre los que establecer la comparación: un quesito grande y un quesito pequeño, una concha grande y una concha pequeña... Ya está: concepto fijado y refijado. En la foto se ve una orejita de mar grande y otra pequeña (por cierto, mamá dice que dan mucha suerte y que por eso guarda una de ellas desde que tenía diez años).


Hace un par de meses llegó Elena. A mamá no solo le sorprendió lo pequeña que era Elena, sino también lo grande que era yo de repente. La llegada de Elena también ha tenido su repercusión en mi proceso de aprendizaje: lo ha complicado tremendamente. La mano de mamá sigue siendo grande y la mía pequeña, pero es que la de Elena es más pequeña que la mía. Entonces, si la de Elena es pequeña, ¿la mía qué es? No me entendáis mal. El problema no es Elena ni su mano; el problema es que de golpe hay un elemento más en la comparación y no hay sitio para él en mi esquema mental «grande/pequeño». Sé que la mano de mamá es grande al lado de la mía y que, al lado de la de Elena, es mi mano la que es grande. Pero, ¿qué pasa si ponemos las tres juntas?


Desde hace un par de meses estoy en proceso de asimilar el significado de la palabra «mediano». Mamá dice que no tenga prisa, que tengo todo el tiempo del mundo. A ver si el cuento Ricitos de oro y los tres ositos me ayuda un poco. Por ahora, creo que entre mamá, Elena y yo a mí me toca ser la mamá oso.

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