martes, 30 de noviembre de 2010

«PALOTES», la máquina del tiempo

En el coche, camino a Madrid, mamá repartió palotes... A mamá sólo le gustan algunas chuches... El regaliz rojo y alguna que otra gominola... Pero nunca come sugus ni palotes, por ejemplo, aunque los compre para nosotras... Pero ese día sobraba un palote y mamá, sin pensar siquiera si le apetecía o no, se lo comió... y ahí empezó todo. De repente, el sabor la llevó a su infancia... y ella se dejó llevar. Se abrió el baúl de los recuerdos... Durante ese fin de semana en casa de los abuelos ―la casa en la que mamá ha vivido siempre―, todos los rincones guardaban algún recuerdo de inviernos pasados... ¿Por qué ese fin de semana y no hace un mes o el año pasado? Ella jura que fue el palote... Buscando la ropa para la cunita de Ele, en uno de los cajones vio las sábanas de su cama, de cuando la moda de los edredones y las fundas nórdicas todavía no había llegado a España... esas sábanas suaves y blancas con lagrimitas de colores... El olor a invierno y a chimenea... La nariz fría por la mañana... El despertar del domingo con la música clásica del abuelo Pepe inundando la casa entera... La capa de hielo que se formaba en la piscina, sobre la que casi ―y sin casi― se podía andar... El grito de la abuela Lola desde la puerta de la calle, antes de irse a trabajar: «Llueve; poneos las botas de agua». Algo le recordó también el miedo que ella y los tíos tenían al indio Joe, el malo de los dibujos de Tom Sawyer... El marmitako calentito y picante de la abuela, que afortunadamente todavía sigue haciendo... El chocolate con churros y porras los sábados por la tarde, que hacían de merienda y de cena... Los batidos del abuelo Pepe, que «fue cocinero antes que fraile»... Ahora intenta recordar todas las sensaciones que tuvo hace diez días en casa de los abuelos, pero no es capaz... Igual si se come otro palote...

El miércoles pasado, ya de vuelta en La Coruña, cuando mamá salió al lavadero a por la escoba, olía a invierno frío y seco, a calorcito de chimenea... a invierno en un pueblo madrileño, en su casita, en su cama con sábanas suaves y blancas con lagrimitas de colores...

¿Existirá algún sabor que consiga como por arte de magia transportarnos a Elenita y a mí, dentro de más de 30 años, a estos días de nuestra infancia? A mamá le encantaría que así fuera... Y, de ser así, ¿qué recuerdos nos traerá a la memoria?

4 comentarios:

  1. genial!!!, que rica la regaliz roja mi preferida!!!! y si esos recuerdos son maravilloso

    ResponderEliminar
  2. Precisamente te leo cuando estoy recreándome en el olor que me ha dejado la colonia de Ernesto enlas manos. El olor de la primera vez que quedamos, de sus pantalones de cuadros escoceses, de el queso de cabra y la cecina en La Escondía y de la noche que supe que quería seguir conociéndolo y que me encantaba (sí, parece que fue hace un siglo). Es curioso como los colores o sabores pueden hacernos volver la vista atrás, cómo evocan recuerdos casi siempre felices. Yo creo que la mente trata de asociarlos sólo a cosas buenas, por eso yo, si tengo que pensar en un sabor que me recuerde a mi infancia sin duda son las galletas Marbú dorada machacadas en una sopa de leche con nesquick y el del pan pringado en tocino que nos daba mi madres mientras preparaba el cocido... mmmm

    ResponderEliminar
  3. Fé de erratas: en las manos
    del queso
    cómo los colores (con acento en la o) Jajaja

    ResponderEliminar
  4. Y añado: mi madre (y no mi madres)... JAJAJA... Esto te pasa por ser tan perfeccionista, Van... Y creo que falta una coma... Adivina dónde
    Te quiero mucho y estos días te echo de menos

    ResponderEliminar

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...